Retratos

El año pasado me referí  en la entrada A mano a los campos de la artesanía en los que me he ocupado: textil, cuero y pintura. Ahora me voy a centrar en esta, que a su vez abarca diversas modalidades: según el soporte sobre el que se pinta o según el pigmento que se usa.

Aquí abordo la técnica mixta de acrílico y óleo sobre tabla. Lo primero es preparar la tabla con  imprimaciones de cola . Comienzo con un fondo  de acrílicos, tres o cuatro colores diluidos en agua  y una vez cubierta la tabla cambiar los pinceles por espátula  en algún punto  para lograr diferentes texturas.

Después se traspasan las líneas básicas del retrato elegido. Yo hago una fotocopia ampliada de una fotografía, cuanto mayor calidad tenga, será más fácil de copiar.  En algún caso,  tratándose de un regalo sorpresa, me las he arreglado con  una foto del perfil de WhatsApp, pero no es una buena opción pues como dice mi profesora del taller de pintura,  es fundamental el motivo que se elige para versionar.

Una vez delineado el contorno, se va pintando con  óleos de los mismos colores usados para la aguada del fondo.  Voy sombreando con cantidades mínimas de colores mezclados en la paleta y a base de pinceladas y borrados con dedo o trapo  va surgiendo el rostro de la foto.  Se pueden usar diluyentes que mejoran la fluidez y aceleran el secado  de los óleos.

 

 

 

 

img_20200716_133230911-1

 

Este último lo realicé con la llamada paleta de Zorn que consta de cuatro colores: amarillo ocre, negro marfil, rojo cadmio y blanco. La paleta limitada se atribuye al pintor sueco de finales del XIX Anders Zorn y con los cuatro pigmentos se puede lograr una gama completa de colores. Al final utilicé el aceite de lino  para dar un acabado más brillante en alguna zona.

Apuntes sobre la pandemia

Alarma   14 abril

 

La vida se ha encogido otra vez.

Entonces solo me afectó a mí.

Durante tres meses estuve confinada

en una cama de hospital bocabajo

y otros tres en la mía, ya volteándome.

De nuevo estoy recluida,

de igual forma millones de compatriotas:

quienes no realizamos actividades esenciales

llevamos semanas sin escapar del espacio doméstico.

Solo salimos al balcón a aplaudir a los esenciales.

Obligan la salud propia o las autoridades.

La mayoría obedecemos, unos pocos estallan

y la actividad colapsa.

Hoy somos más conscientes

pero siempre hemos dependido unos de otros.

La incertidumbre nos acogota, maldito virus.

 

Alivio 26 abril

 

El Presidente dijo que el próximo sábado

-a los 50 días de mi confinamiento-

tal vez podamos salir de casa.

Por la noche dormí mal, 

me costó conciliar el sueño

como cuando voy a emprender un viaje.

Es extraño -todo es extraño ahora-

pues caminaré por espacios conocidos         

sin preocupación, solo relajo.

Será un paseo -que no garbeo-

pues tengo previsto el recorrido, casi el horario

y el atuendo, con la necesaria mascarilla.

No sufro por el encierro, me estimula la cultura

libros y cine son mi válvula de escape.

Pero airearme será un alivio.

La vida sigue, a otro el ritmo.

 

Paseo  6 mayo

 

¡Qué suerte he tenido! El carné de discapacitada me permite salir en el horario bueno: de 10 a 12 del mediodía,  que además es el menos concurrido.

En la calle peatonal contigua a la nuestra me fijo, sobre todo, en dos árboles jóvenes: un ginkgo biloba y un arce rojo y observo que en varias tiendas se preparan para la reapertura.

Terminada la zona comercial atravieso la Glorieta del doctor Zubía, donde transcurrieron tantas tardes de niñez y adolescencia. Continuamos por la calle del colegio. Al final, en el espacio que ocupaba la huerta y el cementerio de la Enseñanza, en la actualidad hay una residencia de mayores.

Doblamos a  la izquierda y ya vamos a la vera  del río.   Pasado el puente  de Piedra  -ahora en obras- bajamos por la calle San Gregorio y nos adentramos en el parque del Ebro. En estas fechas se acumulan los vilanos de los chopos formando mantos blancos cubriendo el césped. Sobre la pradera se elevan dos hermosas aves blanquinegras. Alto una cigüeña que se dirige al nido en la chimenea donde le espera su compañera, se saludan con ese característico castañeteo, el crotoreo. Más abajo vuela ondulante una urraca que al posarse muestra la cola azulada.

Sobre la pasarela peatonal vamos viendo abajo los sotos y pasamos a la orilla norte del río. Giramos y caminamos junto al Rincón de Julio, histórico merendero ahora cerrado. Vamos paseando por lo que antes llamábamos La Playa hasta el campin, donde concluye la zona asfaltada y se debe avanzar por un estrecho sendero hoy clausurado por estar desbrozándolo.

Retrocedemos, sobrepasamos el merendero y nos internamos en el tramo en el que los caminantes vamos junto a la ribera, casi al mismo nivel que el Ebro. Es una zona umbría y al final del camino disfrutamos contemplando un enorme álamo plateado.

Al ascender hasta el puente de Hierro vemos un edificio icónico en nuestro panorama urbano, una obra emblemática de la arquitectura industrial, el antiguo Matadero Municipal donde se ubica la Casa de las Ciencias. Cruzamos el puente y nos internamos en el casco antiguo hasta llegar a Portales.

De vuelta a casa vamos en dirección a la Glorieta. Pasamos por delante de la concatedral de Sta. María de la Redonda cuya portada principal se sitúa en la Plaza del Mercado,  nombrada así pues en su origen aquí se celebraban las ferias comerciales.  Apuramos el tiempo  pero sin excedernos, lo que sí hemos hecho con respecto al espacio: hemos ampliado el perímetro del kilómetro, ¡resulta muy reducido!

Marzo 2020 en Valencia antes del estado de alarma

Estuvimos en Valencia del día 2 al 7 de marzo y una semana después el presidente del gobierno anunció la instauración del estado de alarma nacional para contener la pandemia.

Viajamos el lunes y entramos en la ciudad por la tarde. Nos alojamos en la Ciudad de las Artes y las Ciencias, en el hotel Ilunion Aqua 3, que se ubica sobre el centro comercial Aqua y no fue fácil llegar desde el parquin al hotel…. pero al fin lo logramos. Después de descansar salimos a pasear por las cercanías.

El complejo Ciudad de las Artes -mitad cultural, mitad turístico- fue diseñado por Santiago Calatrava junto a otros arquitectos e ingenieros, En 1998 se inauguraron L’Hemisferic y el Museo de Las Ciencias Príncipe Felipe, en 2002 el Oceanográfic y en 2005 el Palacio de las Artes, el teatro de la ópera valenciano. Estos edificios son vanguardistas y los de viviendas  la mayoría hermosas torres con mucho espacio entre ellas, las avenidas enormes y se sitúa en uno de los extremos del extenso (más de nueve kilómetros) jardín del Turia. Es una zona moderna, incluso sofisticada , pero con una vida reducida, un poco como barrio dormitorio ¡pero de lujo!

El martes lo pasamos en el Oceanográfico, disfrutando como  niñas en ese magnífico espacio que recrea los ecosistemas marinos. Viendo delfines, peces de todos los colores  en gigantescos acuarios, sepias, rayas, fantásticas medusas, pingüinos diversos, leones marinos, ibis, flamencos … tiburones variados y hasta dos belugas!!!!!

El miércoles nos acercamos al Museo Fallero que agrupa los ninots indultados anualmente desde 1934. Así apreciamos cómo han ido cambiando los materiales, las técnicas y los temas. Curioso e interesante, una buena forma de acercarte a las fallas valencianas obviando las multitudes y el ruido. Volvimos al hotel y cambié de silla, me pasé a la eléctrica pues la intención era darnos una buena caminata. Fuimos hasta la zona del puerto, paseamos por el barrio del Cabanyal  hasta llegar a la playa de la Malvarrosa. Una ciudad totalmente distinta: unas zonas tradicionales y un barrio de pescadores con casitas bajas  para acabar en el paseo marítimo .De ese barrio histórico me gustó mucho un espacio alternativo cultural y de ocio nacido de las ganas de los vecinos de recuperar la zona, la Fábrica de hielo, aunque ese rato no había programado ningún evento. Imposible no recordar a la alcaldesa Rita Barberá y su plan de reurbanización del barrio prolongando una avenida y derribando cientos de viviendas que la justicia paralizó.

De noche regreso al hotel y vuelta a la silla manual, que al ser muy reducida me resulta mucho más cómoda. La silla eléctrica se quedó en el coche el resto del viaje pues comprobamos que en Valencia no era necesaria: es una ciudad llana y bien adaptada, con rebajes en aceras, la mayoría de los espacios públicos a piso llano  y tanto aseos como transporte preparados para todos.

El jueves a las 12:00 h. estábamos en la puerta de los Ángeles de la catedral de Valencia a la espera de que se reuniera el Tribunal de las Aguas, la más antigua institución de justicia existente en Europa. El Tribunal se encarga de organizar los riegos que necesita la vega valenciana canalizados a través de un sistema de acequias que se alimentan del río Turia. Como ocho son las acequias, ocho son los síndicos -elegidos entre los regantes de cada comunidad- que llegan y se sientan en los sillones. El alguacil, portando el emblema del Tribunal, el ganxo, instrumento de trabajo de los guardas para levantar las compuertas, solicita la venia del presidente y va llamando a los denunciados de cada acequia. Al no haber  denuncias  el Tribunal se disolvió.

Ese día Pepa había quedado con su amiga Amparo. Nos acercamos a la iglesia de San Nicolás: un templo gótico con decoración barroca y cuya bóveda está cubierta de pinturas al fresco. Está restaurado y la visita incluye una audioguía. Al salir, Amparo nos invitó a comer en un restaurante cercano, ¡y no tomamos paella porque era italiano!    Por la tarde fuimos hasta el Museo de la Seda, donde admiramos bellos vestidos, telares y conocimos el viaje de ese material desde Oriente hasta Valencia.

El viernes comenzamos visitando el mercado, un  edifico de estilo modernista con toda la vitalidad de un mercado central.  Luego pasamos a la cercana Lonja de la Seda, un impresionante edificio gótico civil. Una de sus partes es el Salón de Contratación, una sala con 24 columnas helicoidales y una bóveda de crucería; siendo uno de los recuerdos más señalados que teníamos de Valencia, en esta ocasión la vista de este espacio perdió bastante magnificencia pues lo estaban preparado para algún acto prefallas: lleno de sillas y con columnas de sonido y técnicos pululando por allí. Tampoco recorrer el Patio de los Naranjos fue como hace dos décadas: entonces estaba casi vacío y ahora lo atestábamos los turistas, y así lo que en mi memoria era bastante amplio se redujo notablemente.

De la Lonja pasamos a la Plaza Redonda, un espacio peculiar lleno de tiendas de artesanía. De allí a la Plaza del Ayuntamiento para escuchar la mascletá: unos disparos pirotécnicos (petardos o masclets) que conforman una composición rítmica y ruidosa que  concluye con una traca, celebración típica de la comunidad valenciana. La visita vespertina fue al  Museo de Bellas Artes, donde elegimos ver las salas dedicadas a Sorolla y  a la pintura gótica  con  magníficos retablos,  así como el patio Vich. Volvimos por el puente de la Tinidad, uno de los  18 puentes sobre el Turia, que continúan en su sitio, ahora sobre el jardín en vez de sobre el río.

Cenamos todos los días cerca del hotel, en modalidad tasca, bistró, gastrobar o restaurante. Tanto en la Ciudad de las Artes como en toda Valencia, la mayoría del personal que nos atendió en restauración era extranjera: italianos, sudamericanos, marroquíes y muy pocos nativos. Me sorprendió.

Durante la semana nos enterábamos de las noticias por la noche en el hotel y así fuimos siguiendo las novedades sobre la infección del coronavirus. El viernes nos llegó un audio por whasapp bastante alarmante sobre la situación en Haro.  El sábado 7 viajamos de vuelta. Ya en casa leí la noticia sobre le contagio masivo de riojanos cuyo origen estuvo en un funeral en Vitoria, lo que convirtió a La Rioja en la zona europea con mayor incidencia del virus. Una semana después el presidente decreta el Estado de Alerta según el cual debemos permanecer confinados en casa excepto los que tengan tareas imprescindibles.

Cerdeña: muchos contentos y una pena

Tomamos el transbordador en Barcelona la noche del 10 de septiembre y volvimos la noche del 21, casi madrugada del 22. En el ferri ocupamos un camarote adaptado. Según la web de GrimaldiLines, el trayecto es de doce horas -cierto-, pero sería más correcto informar de que se deben añadir otras cuatro para el embarque y desembarque de vehículos: decenas de camiones y centenares de automóviles bien ordenados en tres plantas de un crucero con diez pisos.

El miércoles arribamos a Porto Torres hacia las 14:00 h y nos fuimos a comer. El restaurante me deparó la alegría de tener un aseo adaptado, que yo atribuí a ser un local grande y de cierta categoría, pero luego comprobé que todos los (que utilicé) establecimientos de hostelería disponen de un aseo para PMR, así que ¡bien por los italianos!

Por la tarde nos acercamos hasta Marina di Sorso (Marinas son localidades turísticas cerca del mar) al Bellamarina, nuestro hotel. Nos encontramos un complejo turístico cuyo edificio está dentro de un magnífico pinar mediterráneo con mezcla de enebros. Lo mejor el enclave, pero un sitio con buenas condiciones para alojarnos, a pesar del nivel justito del restaurante.

El jueves fuimos a Castelsardo, otro pueblo del noroeste de la isla, que ha ido creciendo bajo un castillo ubicado en un acantilado. Otro de los contentos de este viaje ha sido el poder usar en cualquier localidad aparcamiento reservado para PMR, pues hay muchos. Sacamos la nueva silla eléctrica, la Sorolla T3, que iba plegada en el coche desde Logroño, y con ella “escalé” hasta el castillo y la catedral, levantada sobre el acantilado con el golfo de Asinara al fondo. Luego comprobamos que detrás de la franja costera mucho territorio lo ocupan bosques de encinas, alcornoques y olivastros -nuestros acebuches-.

Por la tarde estuvimos en Sassari, la capital de la provincia, una ciudad a la que no le encontramos mucho encanto, pero sí uno de esos sardos súper amables con los que charlar, pues hablaba español (también catalán) muy bien.

El viernes abandonamos el Bellamarina en dirección al sureste. A unos kilómetros de Sassari paramos en la basílica Stsma. Trinità di Saccargia, espléndida muestra de arte románico que alterna piedra calcárea y basalto. Se encuentra en mitad del campo, es una hermosa aparición. Me conformé con la perspectiva exterior, pues estaban de arreglos y no puede acceder a ver los frescos.

Usamos la autovía que recorre la isla de norte a sur y llegamos hasta Cagliari y luego por una carretera provincial hasta Muravera. Llegar a nuestro destino, la Agriresidence Sole D’Estate en Costa Rey, al principio se complicó pues me quedé sin batería en el móvil con lo que no podíamos usar las aplicaciones de geolocalización, pero utilizamos el sistema antiguo: pedir ayuda a la gente. Así aparecimos en Olia Speciosa, Pepa entró a preguntar en la farmacia, la farmaceútica montó en su “macchina”, dijo que la siguiéramos y unos kilómetros después pasábamos la verja del Sole D’Estate. ¡Mille grazie!

Una maravilla de alojamiento; una granja que trabaja la agricultura y la cría de ganado en la que han reconvertido el antiguo granero en siete apartamentos para el turismo. El nuestro, un chalecito de unos 60 metros además del porche con sus mesas y tumbona. Todo perfecto en cuanto a la adaptación. Y lo mejor, que no hay ninguna construcción a la vista, solo naturaleza y silencio. ¡Qué belleza!

Por la mañana salimos a desayunar y a comprar algunos víveres. En la casa no había ni paños de cocina, ni jabón, aunque sí lavadora y lavavajillas, pero con agua y rollos de papel nos apañamos. Almorzamos y por la tarde fuimos a Cagliari, a 55 km. Lo primero que hicimos en la capital fue ir a una tienda/taller de bicicletas para que me cambiaran una rueda de la silla que había pinchado y tenía la cubierta deteriorada. Después nos acercamos al Parco Naturale Molentargius-Saline, zona húmeda en la que habitan flamencos, garzas… Paseamos por los caminos de las salinas pero no avistamos aves y un cagliaritano nos contó que en las salinas de Cagliari suelen estar al amanecer pero al atardecer están en la zona vecina de Quartu Sant’Elena. Al coger el coche para volver a la capital, noté que perdía potencia y que mi acelerador no conseguía transmitirle fuerza, la adaptación fallaba; menos mal que estábamos en territorio del parque, pude parar y Pepa se hizo cargo de la conducción. A este contratiempo es al que me he referido como la pena del viaje, pues ya no pude volver a conducir ni turnarnos en los largos trayectos, solo Pepa podía llevar el vehículo ¡menos mal que le gusta conducir! Acabamos cenando en un restaurante de la paya de Poetto.

El domingo deambulamos por la zona costera cercana a “nuestra casa”, Costa Rey y hacia el sur hasta Villasimius por una carretera con muchas curvas que permite disfrutar de unas buenas panorámicas y vislumbrar villas residenciales muy bien camufladas. En la carretera encontramos algunas cabras que no nos impidieron continuar. En el municipio comimos y por la tarde volvimos a Cagliari. Pudimos entrar con el coche al barrio medieval y amurallado del Castello: paseamos por las callejuelas, nos acercamos a la catedral, a la plaza de la Prefectura y al mirador que ofrece una sugerente vista de la ciudad desde lo alto.

El lunes nos dirigimos al Parque Nacional del Gennargentu y Golfo de Orosei. Comimos en Santa María Navarrese, un bonito pueblo costero desde el que comenzamos nuestro pequeño trayecto por el Gennargentu -del sardo “puerta del viento”- , menos de 60 km., pero muy tortuosos y de una belleza espectacular. Un paisaje salvaje y solitario, con picos dolomíticos, murallones calcáreos, impresionantes cañones, gargantas y amplios valles en los que alternan el maquis (matorral y arbustos de especies perennes) mediterráneo con frondosos bosques de encinas. Una vez atravesado el parque, llegamos a Dorgali y seguimos hasta Nuoro, una de las poblaciones importantes de la isla. Paseamos por el casco antiguo hasta acceder a la zona más céntrica, con el Duomo y una zona peatonal agradable. Y otra vez a la carretera, en este caso la autovía hasta Cagliari.

El martes fuimos a conocer uno de los yacimientos megalíticos más notables de Cerdeña. La primera parada del recorrido la hicimos en Sanluri donde encontramos una cafetería/salón municipal en la que me fascinó cómo preparaba la camarera un cóctel de café, lo pedimos y descubrimos el exquisito “shakerato”, el café refrescante que bebimos a menudo desde entonces. Seguimos hasta el poblado “Su Nuraxi”,patrimonio de la humanidad de la Unesco, que Sabrina -una guía excelente- nos lo enseñó a nosotras solas. Nos explicó -en italiano, fácil de comprender- con muchos dibujos y con lo que teníamos a la vista que el conjunto megalítico, abarcaba desde el s. XIII a.c. y estuvo habitado hasta la época romana. Agradecí llevar la silla eléctrica -para Sabrina mi 4×4- pues así pude moverme por el pedregal.

Nos acercamos al Centro Giovanni Lilliu, el arqueólogo que dirigió las excavaciones en los años 50. Entramos en el pueblo de Barùmini, una pintoresca localidad, con un aire señorial donde cenamos temprano en una terraza muy concurrida. La vuelta a nuestro Sole se complicó: faltaban unos quince kilómetros cuando pasaron por el carril contrario varias ambulancias y al poco un gendarme nos indicó que la carretera estaba cortada, así que tuvimos que movernos por comarcales hasta que encontramos nuestro alojamiento. A la mañana siguiente, cuando nos íbamos, Lucca nos informó de que hubo un accidente con tres vehículos implicados y algunos pasajeros estaban hospitalizados, pero sin decesos.

El 18 ya llevábamos una semana en Cerdeña, y volvimos al norte, al territorio alguerés. Paramos en Oristano, una ciudad con un legado medieval imortante. Paseamos por el centro y comimos en la plaza central, pero no tuvimos tiempo para ver el golfo. Por la tarde nos presentamos en Villa Barbarina Naure Resort, en Santa María La Palma, otro alojamiento magnífico. Al sacar la ropa de las maletas Pepa se percató de que había olvidado en uno de los armarios del Sole unas camisas y cazadoras. Contactó con Simona vía whastapp y al final concluyeron que se las enviaría a Logroño a portes debidos.

Los dos últimos días los pasamos recorriendo Alghero y alcanzamos Bosa, ciudad junto al río Temo. Para llegar a ella desde Alghero cruzamos un sinuoso trayecto por una carretera costera con espléndidas panorámicas. Bosa nos defraudó, pues ni el castillo Malaspina ni el casco antiguo nos gustaron. Sin embargo Alghero nos entusiasmó. Es una ciudad marinera y posee un casco histórico valioso y muy bien cuidado por el que paseamos a diversas horas, siempre a gusto y hasta hicimos compras. No de coral, a pesar de que brillaba en múltiples tiendas, pues su precio es caro. En los últimos años la captura del coral se ha especializado, se han prohibido las artes de arrastre -por destructivas- y se emplean buceadores.

Se nos terminó el tiempo en Cerdeña, el sábado 21 a las 05h estábamos en Porto Torres. Los de Grimaldi se lo tomaron con calma para abrir la taquilla, pero a las 07:30 embarcamos el auto de las primeras pues nos habían comunicado que lleváramos las luces de emergencia, señal de que transportaba a una PMR. Dormimos, nos duchamos, comisqueamos y vimos acercándose el puerto de Barcelona poco a poco; a las 21:30 h desembarcamos y hacia las 04 llegamos a casa.

Hoy tengo la adaptación del Astra en funcionamiento y Simona le envió a Pepa su ropa (sin costes).Todo correcto. Vuelvo a comer verduras después de muchos días abusando de la pasta, pero ¡aquí no hay shakerato! y sin duda, el café expreso es bastante peor.

Oporto

Terminamos el mes de junio en Portugal, gozando en Porto de temperaturas atlánticas (máximas de 23 grados) mientras en el valle del Ebro sufrían calores caniculares.

Salimos el día 27 pronto y diez horas más tarde habíamos llegado pero como tenemos distinto huso horario, ganamos una hora y a las 18:30 entrábamos en el garaje del apartamento. Así que tras un descanso salimos a curiosear por los alrededores. Cenamos en la plaza Batalha junto al Teatro Nacional y recorrimos la calle comercial Santa Catarina, pero con las tiendas cerradas, por lo tanto, tranquila.

Conocíamos un poco la ciudad en la que habíamos pasado dos tardes cuando en 1997 vacacionamos en el norte de Portugal, en Espinho. Si ya entonces nos había gustado a pesar de su decadencia/decrepitud, ahora nos ha encantado pues está en un proceso de mejora y rehabilitación constante. Mejora notable en las carreteras: solo utilizamos autopistas y autovías con el sistema Easy Toll mediante el que en la frontera adhieres la matrícula del coche a una tarjeta de pago y ya no tienes que parar en ningún momento. Rehabilitación de multitud de edificios cuyo ornamento cerámico los protege de la humedad y dota de belleza.

El viernes deambulamos por el centro, de nombre La Baixa aunque es una zona con un relieve accidentado: varias colinas y por ello subidas y bajadas, así que necesité mucha ayuda. No entramos a la catedral pero disfrutamos de las vistas desde el Terreiro da Sé, una gran explanada en lo alto del casco antiguo y notamos los progresos realizados en estos años en una zona muy popular. Llegamos a la estación de ferrocarril de Sao Bento cuyo vestíbulo está decorado con azulejos que muestran escenas históricas; allí compramos una tarjeta Andante tour con la que se puede viajar en cualquier tranvía, metro o autobús. Salimos a la Plaza da Liberdade y paseamos por la Avenida dos Aliados, rodeada de edificios elegantes, incluido el Ayuntamiento. Descendimos por la peatonal Rua das Flores hasta el Mercado Ferreira Borges y entramos a visitar el Palacio de La Bolsa, un señorial edificio neoclásico con un Salón Árabe inspirado en La Alhambra.

Después de comer -bacalao, desde luego- nos acercamos al Duero y primero por el paseo del muelle y después por las callejuelas del barrio antiguo la Ribeira llegamos hasta el espectacular Ponte Luis I, símbolo de la ciudad, cuyas pasarelas metálicas superpuestas permiten conectar los barrios bajos y altos de cada orilla. La animación callejera que nos había acompañado todo el día se convirtió en multitud y me desagrada moverme en las aglomeraciones. Tomamos el Funicular dos Guindais como alternativa a las escaleras que nos dejó al inicio de la Muralla Fernandina, cerca de la casa.

El apartamento estaba en un quinto de una construcción de los años setenta en la Rua Alexandre Herculano, muy populosa y con el típico pavimento portugués, pero no resultaba incómodo pues estaba liso por muy pisado. Desde las ventanas de las habitaciones que daban a la parte de atrás veíamos algún patio con árboles, varios edificios en restauración y hasta un lucernario acristalado adornando la cubierta de un inmueble. Por las noches los graznidos de las gaviotas molestaban pero lo aceptamos como el peaje por vivir cerca del Duero en su final de trayecto al Atlántico.

El sábado, después de desayunar en la vecina plaza Batalha -la adoptamos como si fuéramos vecinas de toda la vida- nos acercamos hasta el mercado de Bolhao, con tan mala suerte de que está cerrado porque lo están restaurando. Tomamos el metro, que al ser nuevo es totalmente accesible y casi en su totalidad va por el exterior (solo unas pocas estaciones en el centro son subterráneas). LLegamos hasta la Casa de La Música, un edificio blanco de forma poliédrica del arquitecto Rem Koolhaas y desde la terraza contemplamos otra hermosa panorámica de la ciudad. Almorzamos en la Plaza M.de Alburquerque, junto a la noria y por la tarde volvimos a coger el metro hasta la playa de Matosinhos, una agradable localidad residencial que pertenece al distrito de Porto. Fue una gozada rodar junto al mar por el paseo marítimo, ancho y llano, una luminosa tarde veraniega.

El domingo decidimos conocer la Fundación Serralves, alejada del centro y sin estación de metro en las cercanías, así que fuimos en coche; muy cómodo conducir un festivo por Oporto pues la circulación era escasa. Compramos un billete completo, que incluía -aunque no vimos- la casa Serralves de estilo art déco y la recién inaugurada Casa do Cinema Manoel de Oliveira. En el Museu de Arte Contemporanea, concebido por el portuense Álvaro Siza vimos una exposición muy interesante de un artista multimedia cuyo trabajo abarca vídeo, instalación, dibujo y sonido. De la colección permanente admiramos una escultura de Joana Vasconcelos realizada con tampones, pero lo mejor fue recorrer el parque, con su magnífico arbolado y algunas grandes esculturas de artistas contemporáneos. Pasamos un delicioso momento vermutero en la Casa de Chá .

A la vuelta salimos a nuestra plaza vecina a comer. A pesar de que los horarios portugueses son más tempraneros, no tuvimos ningún problema. Oporto es la segunda ciudad de Portugal, con notables atractivos turísticos, declarada Patrimonio de la Humanidad , así que te puedes alimentar a cualquier hora. Al atardecer salimos a descubrir la zona situada detrás del apartamento hacia el barrio de Bonfim, alejándonos un poco del área más concurrida. De los Jardines de Sao Lázaro a la plaza Campo 24 de Agosto para acabar cenando en la Plaza Poveiros, con un cierto aire bohemio. De la gastronomía portuguesa ya se sabe que destaca el bacalao cocinado de diversas maneras; me enteré de que el Bacalhau a braz no era a la brasa, sino que “braz” hace referencia al apellido del inventor de la receta: revuelto de bacalao con patatas paja acompañado de olivas negras. En esta ocasión no tomé el típico vino Oporto, sino que opté por vinos blancos secos del valle del Duoro, similares a los blancos de Rioja para mi poco fino paladar.

Enfrente del apartamento habíamos visto una tienda de artesanía Prometeu Artesanato y el lunes, antes de abandonar la ciudad pasamos un buen rato curioseando y eligiendo varios recuerdos realizados a base de cerámica o corcho. Más o menos a mediodía emprendimos el viaje de vuelta, esta vez en vez de por León, volvimos por Valladolid, pues según José -nuestro anfitrión-, era un camino mucho más corto y optamos por cambiar de itinerario. No solo no resultó más corto, sino algo más largo a lo que se sumó que salimos más tarde, perdimos una hora con el cambio horario, atravesamos tormentón por Valladolid y en Burgos la temperatura descendió a 14 grados. Llegamos a casa a las diez de la noche, yo “machacada”, pero había merecido la pena.

A mano

Estoy poco dotada de talentos artísticos pero muy interesada por los trabajos que aúnan creatividad y manualidad, lo que solemos llamar artesanía.

El primer campo que abordé fue el textil. Durante años realicé tapices en un pequeño telar (60 x60 cm); así como otros  más grandes, resultado de unir dos  o más piezas .  Me gustaba mucho jugar con las variaciones cromáticas de los hilos y con las texturas. Incluso me hicieron encargos.

La siguiente área en la que me introduje y en la que todavía me ocupo fue la pintura. Empecé con  óleos sobre lienzo copiando láminas o cuadros de artistas conocidos. Con Paloma aprendí a utilizar otros materiales, otras bases, a introducir texturas, veladuras y a usar como motivo de la composición sobre todo fotografías, propias o de revistas. En alguna ocasión he pintado sin  ningún modelo de referencia, ¡pura creación! pero con lo que más cómoda me encuentro es reinterpretando motivos.

Como el ámbito de la pintura es muy amplio, también me he iniciado en la plumilla y en la acuarela con Taquio y últimamente con Arancha estoy utilizando lápices de pastel y continúo mezclando técnicas y materiales. Lo cierto es que me disperso con facilidad y tengo curiosidad..

Otro territorio en el que me atareo es el del cuero. Este año he avanzado al segundo nivel en el taller de Rubens. Primero nos enseñó técnicas del oficio tradicional de la piel: teñido, lujado y cosido manuales y más tarde hemos empezado a repujar, que a mi modo de ver es bastante complicado para un resultado barroco, recargadillo. Primero copiamos modelos que él nos propuso, pero este curso hemos creado trabajos originales por lo que hemos tenido que realizar los patrones previos. Estoy contenta: es gratificante usar algo que has hecho tú o regalarlo.

Dehesas y jamón: Extremadura

Hicimos el viaje la última semana de abril. La primera etapa era la provincia de Cáceres al noroeste, en la sierra de Guadalupe. Nos alojamos en la Hospedería del Real Monasterio, un lugar austero , hermoso y preparado para ser usado por personas con diversidad funcional, pude moverme con la silla sin dificultad.

Recorrimos en coche la comarca de Las Villuercas de forma que te sentías inmersa en un mar de alcornoques y encinas, un placer enorme rular por esas carreteras comarcales casi vacías por lo que podías, incluso conduciendo, disfrutar con plenitud la panorámica. Habíamos previsto conocer a fondo la comarca de La Siberia y sus embalses sobre el Guadiana pero llegó la borrasca y nos limitamos al de Cíjara y al de García Sola.

Como tuvimos que pasar tiempo en la hostería, pude completar unos de los libros que llevé: Hasta aquí hemos llegado de Petros Markaris. Novela policiaca situada en la Atenas en crisis de 2015, donde proliferan los partidarios del grupo nazi Amanecer Dorado. Me puso en contacto con la realidad griega contemporánea.

Nos apuntamos a la visita guiada al Real Monasterio de Guadalupe, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1993. Lo que primero fue un santuario a una virgen negra (según la leyenda de origen fenicio) en el siglo XIV pasó a ser un monasterio de monjes jerónimos, tras la desamortización tuvo diversos usos y desde el S.XX está regentado por los franciscanos. La virgen es la patrona de Extremadura y Reina de la Hispanidad pues allí se encontraron los Reyes Católicos y Cristóbal Colón antes del viaje del Descubrimiento y cuando volvió para agradecerle el buen resultado del periplo y donde fueron bautizados los primeros indígenas que trasladó a España.

Es un edificio singular que aúna estilos ya que su construcción abarcó desde el s.XIII al XVIII, pero predominan el mudéjar y el gótico. La fachada y el claustro con su templete son mudéjares y el templo es gótico.

Acoge varios museos: de Bordados, de Libros Miniados , de Escultura y Pintura: contemplé media docena de lienzos de Zurbarán.

La gastronomía placentera. Utilizamos el restaurante de la hostería, uno en la plaza y otro de una casa rural; en ellos comimos morcilla extremeña, variedad de quesos artesanos, guiso de cordero y la estrella: el jamón ibérico de bellota.

La segunda etapa la dedicamos a la provincia de Badajoz. Nos alojamos en Mérida, capital de la comunidad, en uno de los apartamentos de la empresa RSI que al ser planta baja disponíamos de un jardincillo y mobiliario exterior. Como ya conocemos Mérida, donde yo he gozado mucho en el Museo Nacional de Arte Romano, en esta ocasión no lo visité. Paseamos por la ciudad, nos acercamos hasta el gran puente romano sobre el Guadiana y al embalse de Proserpina y su acueducto. A punto de sacar entrada para la Alcazaba, cayó una tormenta abrileña por lo que renunciamos a visitarla.

Fuimos a Olivenza, una preciosa localidad en la frontera con Portugal, coloquialmente llamada la Raya/ a Raia. Olivenza fue fundada por la orden del Temple en el s. XIII y perteneció durante cinco siglos a la corona portuguesa y desde 1801 a la española. Tal vez por eso combina estilos arquitectónicos españoles y lusos.

Continuamos hasta el gran lago artificial de Alqueva, el mayor de Europa Occidental, que ocupa la zona del Alentejo portugués y parte de la Raya sur. Nos asomamos a sus calmadas aguas en el municipio de Mouräo. Volvimos para comer en Villanueva del Fresno, donde probamos un revuelto de gurumelos, hongo comestible de nombre científico Amanita ponderosa endémico de esta zona. La tarde la dedicamos a buscar cerditos ibéricos pastando por las dehesas con el propósito de repetir una experiencia fascinante que tuvimos hace años en esta zona . Llegamos hasta Jerez de la Frontera y nos metimos por varios caminos pero no encontramos crías de ibéricos. Luego descubrí la razón: en marzo había concluido el momento de la montanera, última fase en la cría del cerdo , cuando pastan libres por la dehesa entre bosques de alcornoques y encinas alimentándose de sus bellotas. Fue una frustración.

Otro día estuvimos en Badajoz. Habíamos quedado con Blanca (una amiga que lleva años afincada en Almendralejo) en la Plaza Alta, en uno de cuyos lados se encuentran las coloridas casas mudéjares. Comimos en una terraza en la plaza de la Soledad teniendo a la vista la Giraldilla pacense y claro, repetimos jamón ibérico. Por la tarde volvimos a subir a la Alcazaba árabe, recinto oval amurallado con sus torres defensivas albarranas en cuyo interior está el Museo Arqueológico y unos magníficos jardines con buenas vistas del Guadiana y sus puentes. La Badajoz que conocemos fue fundada en el año 875 por un muladí (cristiano convertido al Islam) y se la conocía por Batalyaus.

El domingo volvimos a casa por la Ruta de la Plata. Llegamos antes de las siete de la tarde, por lo que hubiéramos podido votar, pero habíamos sido previsoras y ya estaba hecho, Correos nos lo había facilitado.

Martutene, Roma y Lehman

En el inicio del año he disfrutado mucho con estas tres creaciones, una novela, una película y un espectáculo teatral; si este nos habla de una genealogía, las otras son dos espacios.

Martutene es el título de una obra de Ramón Saizarbitoria que alude a un barrio de San Sebastián. Para mí ese nombre era solo el de un centro penitenciario, pero con el libro he visualizado un entorno donde se mezclan los caseríos rurales con las casonas solariegas de la burguesía alrededor del  eje  del tranvía que nos lleva al puerto y al centro de Sanse.  En este barrio viven los protagonistas, dos parejas entradas en años y en desamor: la neurocirujana Pilar con el ginecólogo Iñaki y la traductora Julia con el escritor Martin. La aparición de Lynn, una joven socióloga norteamericana, agita la vida de los otros: como inquilina de la torre en la casa de Martin y como amante de Iñaki. La novela está narrada por dos voces que se van alternando, la de Julia con la de Iñaki Abaitua. Abordan  la reflexión sobre las complejas relaciones entre hombres y mujeres,  la experiencia del escritor: la dificultad de crear o la amalgama  vida-literatura y el conflicto vasco: del nacionalismo al terrorismo visto desde distintas perspectivas.

La monumentalidad de la obra (más de 700 páginas) la convierte a ratos en farragosa, pero la creación de unos personajes redondos, una eficaz estructura y una calidad literaria excepcional han conseguido que la leyera con interés y placer.  El último capítulo me desilusionó. Otra pega, en la traducción -la original está en euskera- hay muchos “le” en lugar de “lo”, usos impropios en castellano ( leísmos).

martutene

Roma es la última película de Alfonso Cuarón  que  me entusiasmó a  pesar de verla en pantalla de televisión -desmerece mucho frente a la de  cine- pero era la única forma, pues aquí tampoco se distribuyó en salas comerciales.

La cinta, basada en la infancia del director, cuenta la vida de una familia adinerada durante un año entre 1970 y 1971 en la colonia/barrio de Roma, en  Ciudad de México. La protagonista es la criada adolescente indígena Cleo, quien cuida de los cuatro hijos de Sofía y su marido, que se  divorcian en el transcurso de la narración. La niñera se relaciona con un chico de su pueblo que practica artes marciales; queda embarazada y él la abandona. Cleo aborta tras la conmoción que sufre al verse inmersa en  la represión de una manifestación estudiantil por un grupo de paramilitares entre los que ve al que fue su novio (conocida como la masacre de Corpus Christi).

Se ha generado una gran polémica por la decisión de la distribuidora Netflix de subtitular el filme en español peninsular para su exhibición en cines. Entiendo el enfado del director por ello, pues el español es perfectamente comprensible para  sus hablantes a pesar de las particularidades mexicanas, argentinas, andaluzas, etc. En mi visionado solo estaban  subtitulados los diálogos en mixteco (imprescindibles) y   desde luego, entendí todo sin dificultad.

Me sorprende que una película en blanco y negro resulte tan hermosa sin ser nada melancólica. La espléndida fotografía -también en manos de Cuarón- refleja con una extensa gama de grises la realidad, a veces luminosa, otras sombría. Asimismo gozoso el paisaje sonoro, que va del silencio al estrépito, recreando la atmósfera del momento: la voz del vendedor ambulante de miel, del afilador, el agua saliendo de la manguera e inundando el patio, los sonidos de la radio, las canciones en boca de las criadas…

Roma, que sigue acumulando premios, es un homenaje a la nana del cineasta -Libo en la realidad- y a las mujeres: fuertes, solas y valientes.

roma

Lehman Trilogy es un fascinante espectáculo teatral que se anuncia como Balada para sexteto en tres actos. Seis actores polifacéticos: actores/músicos/titiriteros que cantan y bailan  deleitándonos durante más de tres horas en las que se convierten en unos 120 personajes que viven entre 1844 y  2008.

El director, Sergio Peris-Mencheta adapta y versiona la obra creada por el dramaturgo italiano Stefano Massini a partir de la quiebra del banco de inversiones Lehman Brothers en 2008. La obra es la crónica  del capitalismo centrada en la biografía de los hermanos Lehman: Henry, Emanuel y Mayer emigrantes en América de cuna europea. Allí al principio montan un pequeño comercio de telas, de donde pasan a ser intermediarios en la industria del algodón (sustentada en el trabajo de esclavos) y van ampliando su intermediación e influencia desde la guerra civil norteamericana hasta las guerras mundiales, las crisis petroleras y la última crisis económica, originada en las hipotecas subprime y la especulación de activos tóxicos que da lugar a la quiebra del grupo Lehman Brothers Holding Inc.

Lo que el autor creó como un monólogo en verso libre, Peris-Mencheta lo convirtió en algo cercano al musical. En realidad, la música es el hilo conductor que nos lleva por la historia y por eso el elenco lo forman, como él dice “seis juglares, seis maestros circenses que nos harán viajar a través de la historia de la saga Lehman”. El resultado final es un gran espectáculo cosido de números musicales , un popurrí rítmico, didáctico y cómico.

lehman

Dificultades desde Barcelona

La tercera semana de octubre, todavía con horario veraniego, fuimos para Cataluña. Salimos el 15, un día espléndido que ocupamos en viajar hasta Lérida disfrutando de la ruta: por Navarra nos acercamos a las estribaciones del Pirineo en la Jacetania, comimos en Berdún y otra vez en marcha hasta el destino.

Nos alojamos en el parador de LLeida gratis, pues Pepa había acumulado puntos por ser Amiga de Paradores. El parador, inaugurado en 2017, se sitúa en el casco viejo de la ciudad, en lo que fue el convento del Roser, que tras la desamortización tuvo diversos usos. Las habitaciones se organizan en torno al barroco claustro central y el comedor se ubica en la que fuera iglesia de los dominicos. Esa noche la pasamos con Teresa y Javier, que nos llevaron a cenar por ahí y luego nos acompañaron al hotel pues está en una zona muy degradada. Terminamos tomándonos una copa en el claustro.

 

Por la mañana una integrante del equipo de recepción del parador nos acompañó hasta la entrada de la catedral vieja. Se ofreció  muy amable cuando le pregunté dónde debía tomar el ascensor para llegar a la  catedral, pues dijo que después del elevador había que ascender una fuerte pendiente de suelo adoquinado; así que se ofreció a acompañarnos en coche y guiarnos hasta la puerta. Reconozco que es una suerte poder resolver los problemas derivados de la inaccesibilidad urbanística con la buena disposición de las personas.

Quisimos volver a la Seu Vella porque años atrás nos dejó impresionadas. Está en  un lugar privilegiado, en lo alto de un cerro desde donde se contempla toda la ciudad, el Segre y sus riberas. Es una catedral muy singular con estilo tardorománico -formas románicas y monumentalidad gótica- y el extraño emplazamiento del claustro en la fachada principal. Deambular por ese gran claustro y poder asomarse a la ciudad desde los arcos ojivales de la galería meridional es una gratísima experiencia.

 

Paramos a comer en la autovía a Barcelona y a media tarde ya estábamos en el aparthotel, el Capri by Fraser. Nos gustó mucho el apartamento: amplio salón con  cocina  -que  ni estrenamos-, el dormitorio con una segunda televisión y un aseo espacioso. Pudimos aparcar el coche delante del hotel porque en Barcelona, quien disponga de tarjeta PMR puede aparcar en zona azul sin cargos, así que no lo movimos hasta la vuelta.

El hotel se sitúa en el barrio de Poblenou, que hasta el siglo pasado era una zona industrial. En la actualidad vive el proyecto 22@ como distrito de negocios, impulsado por el Ayuntamiento para convertir las antiguas fábricas y talleres en una zona propicia para la creación, donde concentrar actividades innovadoras y alternativas. Salimos a conocer el barrio y nos acercamos hasta la plaza de Las Glorias con la emblemática Torre Agbar y cenamos en el centro comercial al aire libre.

 

El miércoles había concertado una cita con José, de Tecnochair. Ese era el motivo del viaje, ver y probar una handbike: un equipo acoplable a una silla de ruedas manual para convertirla en motorizada. José fue colocando las diversas piezas y ajustándolas a mi silla y a mi tamaño. Aunque me resultó bastante aparatoso lo estuve probando por las cercanías del hotel donde había calles en pendiente, que era para lo que yo quería el sistema, para que me facilitara subir cuestas en los viajes (Cáceres, Vigo…) Todo fue bastante bien: usé dos de las tres velocidades, la marcha atrás, bajé, subí…  Volvimos a citarnos para el día siguiente después de que él hiciera algunas adaptaciones para que lo utilizara con más comodidad.

Habíamos quedado con Estrella para comer por el barrio gótico. Fuimos al vasco Sagardi y al asturiano Chigre y  comimos a base de tapas. Por la tarde paseamos por esa zona tan bonita a pesar de que esté casi siempre atestada de gente: los alrededores de la catedral, la basílica de Santa María del Mar, el Borne ahora Centro de Cultura y Memoria, el mercado de La Boquería y algo del Raval con las plazoletas y la enorme oferta comercial.

 

Tomamos el metro para volver, estábamos agotadas. En el hotel comprobé que no podía usar el WiFi que el día anterior sí había utilizado. Lo asocié a que esa tarde se había apagado solo, aunque lo puse en actividad inmediatamente; no le dí demasiada importancia pues podía hacer uso de los datos.

Al día siguiente volvió José de Tecnochair con el dispositivo mejor adaptado a mi silla y a mi persona. Lo probé solo por el vestíbulo del hotel pues llovía y no  salimos a la calle. Lo compré y me envió al móvil un archivo con los datos técnicos y las instrucciones de uso.

1539876703462

Esa tarde había dejado de llover y salí con la supersilla. Otra vez nos acercamos a la plaza de las Glorias donde cenamos, un poco  incómoda porque necesité mucho más espacio.

1539731393967

El viernes aprovechamos para ir al mercadillo de segunda mano Los Encantes, muy próximo al hotel. Compramos varias fruslerías y volvimos al Capri para montar el equipo y salir con la handbike. Fuimos hasta la Sagrada Familia, donde no había vuelto a acercarme en los últimos treinta años . No entramos, solo vimos el exterior, cada vez más completo. El imaginario de Gaudí te envuelve y comprendes que sea uno de los monumentos más visitados de España. Comimos por allí y de vuelta al hotel, yo perfectamente descansada porque el motor de la silla había trabajado por mí.

Al atardecer  salimos con la silla en modo sencillo, manual. Habíamos pensado ver el espectáculo de la fuente de Montjuic, pero lo dejamos porque lloviznaba. Como alternativa quisimos subir en metro  hasta el barrio de Gracia para luego descender paseando, pero tampoco pudimos. Imposible  coger el suburbano  al estar inutilizado el ascensor (desde principios de mes hasta febrero) en plaza de Cataluña que me permitía tomar esa línea.  No  encontramos  opción posible en otra estación, así que nos encaminamos paseo de Gracia en ascenso. Es un paseo magnífico tanto en su arquitectura modernista  como en los lujosos comercios. Pasada la gaudiana Casa Milá giramos por Córsega y encontramos un bar restaurante en el que cenamos. Recuperadas las fuerzas, caminamos hasta Plaza de Cataluña, nos montamos en un taxi y al hotel. Estaba muy cansada y  molesta porque en principio la red de metro es accesible -excepto unas pocas estaciones-, pero la realidad es que para mí fue inaccesible.

El sábado volvimos a casa.  Comprobé que el móvil no se conectaba a la red WiFi de casa por lo que restauré los datos de fábrica, pero tampoco sirvió.  El lunes salí, con Pepa de ayudante, claro, con el equipo que montamos en el portal. Fuimos al parque del Ebro y cuando estaba empezando a subir una pendiente, el sistema deja de funcionar y la silla va rodando hacia atrás hasta que encuentra pavimento llano y se para. Me asusté mucho. Vimos que la pantalla estaba en negro ¿qué había pasado? la batería estaba descargada ¡¡¡con 17 km!!! ¡¡¡y se suponía que tenía  autonomía para 25 km!!! Repasé la información técnica y esos eran los datos. Me alarmé al leer que la pendiente máxima que superaba era del 8%.

Al día siguiente, con la batería cargada totalmente, volvimos al parque. Yo quería subir con el dispositivo a  motor una de las escasas pendientes que no puedo (Logroño es una ciudad muy llana). Va de la ribera del Ebro hasta la primera calle, en zona ajardinada dividida en dos tramos y con buen pavimento.  No pudo subirla: ni en recto, ni haciendo eses; la rueda quedaba levantada, no hacía apoyo en el suelo. ¡Qué desastre!

Volví a a hablar con José. Le dije que el asunto de la batería era subsanable, pero que no me podía quedar con un equipo que no respondía a mis necesidades. El respondió que ya no podía venderla como nueva, estuvimos un rato discutiendo hasta que llegamos a un  acuerdo. Lo envolvimos, vinieron por él y me reintegró lo acordado.

Respecto al móvil, el servicio técnico de Sony me indicó un parche que no me sirvió. Pregunté en una tienda de reparación y dijeron que no funcionaba el chip del Wifi y el Blutetooth.  También ha empezado a fallar la batería, así que compraré en el black friday. Me incomoda tener que cambiar de móvil cada dos años o poco más, pero tampoco sé vivir sin él.

 

 

 

Escapadas veraniegas

En este 2018 han sido tres escuetas salidas estivales. A finales de junio estuvimos en Zaragoza.

Lo inesperado de este viaje fue encontrarnos la carretera muy descongestionada, vacía de camiones. Así nos enteramos  de que tras varios atropellos, el Gobierno de La Rioja decidió a principios de año prohibir el tránsito de camiones por la N-232 a Zaragoza, obligándolos a utilizar -con subvención- la autopista. Hicimos el trayecto con la caída del sol y ya en Zaragoza cenamos en la zona de la Romareda.

Al día siguiente, una vez realizada la revisión médica, paseamos muy a gusto por el Parque Grande J.A. Labordeta. Aprovechamos la ventaja que supone poder usar el transporte público y tomamos el tranvía para ir al centro. Volvimos a entrar en el Museo Gargallo -gratuito para personas con diversidad funcional- y revisitar alguna escultura concreta. Comimos en la terraza de una cafetería en la Plaza de san Felipe, frente al Palacio Aguillo/Museo y por la tarde deambulamos por la zona comercial, rindiéndonos a las promociones de moda.

 

 

El último fin de semana de julio nos acercamos a San Sebastián. Salimos el sábado temprano y realizamos la ruta por las autovías navarras. Nos alojábamos en un aparthotel al que no podíamos entrar hasta las 15 h., pero pudimos dejar las maletas e irnos a callejear. Nos sorprendió que un sábado veraniego  el centro de Donostia no estuviera abarrotado de turistas, pero debían estar en las playas porque por la noche sí que apreciamos una altísima densidad poblacional: locales y foráneos lo saturábamos, era el fin de semana del Festival de Jazz.

Comimos en un restaurante japonés el menú degustación. Regresamos al apartamento, situado en el barrio de Gros. Mis amigas se fueron a pasar la tarde a la playa y yo me quedé. El apartamento, como la mayoría de los alojamientos donostiarras era caro, pero fue un acierto: muy bien ubicado, grande y esclarecido.  A las 21:30 nos situábamos en uno de los espacios gratuitos del Festival: el escenario verde Heineken en la playa de la Zurriola. Una maravilla presenciar el ocaso del sol sobre el mar escuchando a la banda madrileña Morgan.  Después estuvimos picoteando por el casco viejo y en uno de los garitos coincidimos con la vocalista de jazz Cecile Mclorin Salvant y su troupe.

El domingo por la mañana paseamos por esa hermosa villa y antes de comer nos dirigimos a Guetaria  con intención de visitar el museo Balenciaga, pero no pudo ser, Imposible aparcar, no vimos  parking ni ningún aparcamiento para PMR, así que reculamos y fuimos a Zarautz. Comimos en el bar del Hotel-Restaurante de Karlos Arguiñano. Tras los contratiempos con el GPS, las idas y vueltas y los problemas para aparcar, disfrutamos mucho degustando buenos pintxos junto a las vidrieras con vistas a la playa. Regresamos por Álava y antes de anochecer estábamos en casa; contenta y muy cansada.

 

En  septiembre estuvimos Pepa y yo  en Cantabria, haciendo uso de un cheque  Wonderbox “Tres días con encanto” que nos habían regalado los sobrinos. Salimos el primer lunes de mes a mediodía. Paramos a comer en el Hotel Restaurante Arenillas de Islares, un sitio donde merece la pena detenerse porque se come muy bien a precio económico. Continuamos hasta Villanueva de la Peña, en el valle del Saja y el geolocalizador nos llevó al destino, la Posada de Santa Eulalia, una magnífica casona cántabra. Tomamos posesión de nuestros aposentos y  nos acercamos al municipio de Mazcuerras, que este verano ha acogido el IV Encuentro de Arte en la calle. Nos encantó esta pequeña localidad con un rico patrimonio arquitectónico. Encontramos alguna de las instalaciones artísticas antes de que anocheciera y  nos quedamos a cenar en el pueblo. Nos deleitamos con un firmamento cuajado de estrellas.

La caja-regalo incluía desayuno, que tomamos en un comedor rústico muy agradable de la posada. Teníamos reservada la visita a la cueva El Soplao a las 11:30h. Llegamos, apuradas, por la carretera de montaña a un territorio despoblado en la sierra de Arnero. La cueva El Soplao, una maravilla de la geología, la descubrieron a principios del sXX los trabajadores de las minas La Florida de las que extraían plomo y zinc.

La visita comienza con el traslado a la cueva en la recreación de un  tren minero, en el que no pude montar. Una persona del equipo nos acompañó por la galería subterránea hasta la entrada de la cueva, donde nos reunimos con el resto del grupo, y una vez allí, toda la visita es  accesible a personas con movilidad reducida. Nos pareció fantástica, un edén de estalactitas, estalagmitas, columnas y formaciones excéntricas que impresionan por su espectacularidad. Está prohibido realizar fotos, esas imágenes impactantes hay que retenerlas en la memoria ¡sin tarjetas USB, sin compartir, sin tecnología! Terminado el recorrido de una hora, pasamos un  rato en la terraza de la cafetería, con  unas espléndidas vistas de los Picos de Europa en su parte oriental.

Después fuimos a la costa, a San Vicente de la Barquera, en la frontera  con Asturias.  Comimos en la llamada “puebla vieja”y a la tarde caminamos por la villa marinera y por su ría. El día era soleado, pero Pepa  aprovechó para comprar un chubasquero. De vuelta a Villanueva de la Peña, paramos un poco en la casona y salimos a cenar al pueblo.

Al día siguiente, lluvioso, decidimos  volver a Logroño por una carretera nacional y la encontramos muy solitaria. Bordeamos algo del embalse del Ebro y a la hora del vermú habíamos llegado a Burgos. La comida fue en modo combinación  de originales pinchos en un solo lugar: La Quinta del Monje, un espacio con encanto que dispone de aseo adaptado. Por la tarde dejó de llover lo que nos permitió dar unas vueltas tranquilamente  por el centro: el paseo del Espolón, rodear el perímetro de la catedral, la plaza mayor y la estatua ecuestre del Cid…